sábado, 15 de noviembre de 2014

Billete de 100 pesetas de Julio Romero de Torres. Cordobés universal "Fuensanta". La modelo fue Maria Teresa López.



Gran mujeriego. Desde su juventud, Julio Romero de Torres se ganó una merecida fama de seductor y mujeriego. Se casó en 1899 con Francisca Pellicer, hija de un ingeniero de minas, mayor que él y con la que tuvo tres hijos. Alto, delgado, fibroso, con su mirada de actor de cine mudo y muy introducido en los círculos bohemios, tanto de Madrid como de Córdoba, al pintor se le atribuyen innumerables romances con todo tipo de mujeres: actrices, cantantes, sus propias modelos y hasta con alguna que otra dama de alta alcurnia. Sus biógrafos lo describen como “un hombre de gallarda apostura que rayaba lo extraordinario cuando vestía la airosa capa y el sombrero cordobés; con gesto entre pensativo y desdeñoso, y ademán reposado. Los ojos maduros de mirar hondo, y la boca de finos labios sobre la cual se dibujaba un cuidado bigote. La frente despejada rematada por el cabello peinado a raya...”. En definitiva, una buena percha para ejercer de Don Juan con todas las garantías del mundo.

Su primer gran impacto social, en el que se relacionaba su trabajo con su afición por el género femenino, fue el cuadro "Vividoras del amor", de 1906, en el que retrató a cuatro mujeres –presuntas prostitutas– calentándose en torno a un brasero a la espera de clientes. La obra fue rechazada por “inmoral” en la Exposición Nacional de Bellas Artes de aquel año, hecho que fue denunciado por todo el círculo de intelectuales que rodeaba a Julio (encabezado por Valle-Inclán), lo que impulsó aún más su incipiente fama. A partir de ese momento, sus siguientes obras estuvieron marcadas por la ligera perversión que aportaban los hombros desnudos, la insinuación de los pequeños senos de sus modelos, las medias rutilantes, los rasos aterciopelados, el pelo afrodisiaco, la tormentosa castidad...

Entre sus conquistas más famosas figura la actriz Elena Pardo –que posó para otro cuadro inacabado, precursor de La Chiquita piconera–, la bella modelo Carmen Serna, de la que se dice que murió de dolor pocos días después del fallecimiento del pintor; la cantante Dolores Castro, conocida como Dora, la cordobesita, y que acabó ilustrando la etiqueta de anís La Cordobesa; la bailarina sevillana Elisa Muñiz, Amarantina, que aparece reiteradamente en sus cuadros abrazada a una guitarra o recostada en un cojín con esa perturbadora belleza andaluza... En su estudio fue encontrado un cojín relleno con un montón de mechas de cabello de diferentes mujeres que el pintor coleccionaba como fetiches de sus amoríos o producto de los regalos inocentes de sus admiradoras.

La pauta común que seguían todas sus modelos respondía a los cánones de belleza de la época: mujeres de grandes ojos, mirada enigmática, anchas caderas y cuerpo esbelto, y con largas melenas. De otra modelo, La Cartulina, se comenta que fue asesinada por su novio al enterarse de que había posado desnuda para el pintor. Incluso Natalia Castro, una bella gitana de Linares y que durante años mantuvo que ella era la auténtica Piconera hasta que fue desautorizada por la familia de Julio, aseguró a los cuatro vientos que el pintor “me hizo su amante, lavándome la cara con agua bendita...”.

Con estos antecedentes, no es difícil entender cómo la estrecha moral de la época sacó punta al peor de sus estigmas y empezaron a circular todo tipo de chascarrillos sobre las relaciones amorosas del pintor con sus modelos. Y lo peor para ellas –la mayoría negó siempre estos hechos– es que estos rumores acabaron convertidos en coplillas que se extendieron como un maligno reguero de pólvora por toda la península. ¡Ay chiquita piconera, mi piconera chiquita!/ Esa carita de cera a mí el sentío me quita/ Te voy pintando y pintando/ al laíto del brasero/ y a la vez me voy quemando/ de lo mucho que te quiero/ Válgame San Rafael/ tener el agua tan cerca y no poderla beber..., decía una de las canciones que se sucedieron a la muerte de Julio Romero de Torres. Según confesó en su día Nicolás-Miguel Callejón, uno de los autores de esta letra –cantada por Estrellita Castro, entre otras–, el propio pintor le había confesado el amor (o el deseo) que sentía por María Teresa poco antes de morir.

“Ser la modelo del pintor ma amargó la vida”, afirma María Teresa. “Hasta mi padre me pegó un día al llegar a casa harto ya de tantas murmuraciones y poco menos que acusándome de haberme acostado con él. ¡Pero si yo no hice nada! Al poco tiempo me eché un novio y ni él mismo confiaba en mi virginidad. Estaba tan seguro de que me había acostado con el pintor que me obligó a hacer el amor antes de casarnos para comprobarlo. Cuando vio la sangre se quedó tranquilo. Y tuve tan mala suerte que me quedé embarazada a la primera. Poco después contrajimos matrimonio por lo civil y nació mi niña, a la que llamamos Paquita”.

La criatura sólo vivió tres días. La costumbre de la época era llevar a los recién nacidos a bautizarlos inmediatamente y después al médico para que certificase su nacimiento. “Y a mi niña se la llevó mi suegra mal arropada, por lo que la pobrecita se cogió una pulmonía que la mató”, continúa La Piconera con un atisbo de tristeza en su rostro. El matrimonio sobrevivió dos años más “en medio de innumerables perrerías que no puedo contar. Ese hombre me trataba como a una mujer de la calle, llevándome a sus amigotes a casa para que me acostara con ellos, cosa que no hice a pesar de las palizas que me daba”, recuerda indignada María Teresa, hasta que decidieron separarse de mutuo acuerdo.

A partir de ese momento, "La Piconera" inició un peregrinaje vital lleno de sinsabores en sus relaciones con los hombres. Nunca más tuvo pareja. “Desde pequeña di con hombres viciosos y degenerados que se quisieron aprovechar de mí de todas las maneras posibles. Oían las coplas y pensaban que poco menos que era una puta, que yo era la mala y que tenían derecho a todo. Pero nunca hice nada de lo que tenga que arrepentirme. Me pasé media vida cosiendo, cortando pelos en peluquerías para luego acabar aquí, en este asilo, donde me tratan muy bien, pero que no consigue apagar el amargor de mis recuerdos”.

A pesar de haber ilustrado cientos de millones de billetes de banco, María Teresa López sólo recibe una pequeña pensión contributiva del Estado que apenas sirve para subvencionar su estancia en la residencia y la ayuda de la Asociación de Ayuda a Personas Mayores de Córdoba. No reniega de su fama –sus memorias las firma como "


La Chiquita piconera" y se enfada mucho cuando dudan de su identidad–, porque éste es el único honor que le queda de una vida llena de contratiempos por algo que nunca hizo: convertirse en la amante adolescente de un pintor al que le gustaban demasiado las modelos a las que retrataba. Nacida un ii de septiembre, María Teresa López, la mujer morena, la de los billetes de 100 pesetas, la de la copla, reivindica su lugar en la Historia...

Luego llegó el Suro y se cargó el arte hispano en los billetes del Banco de España. 

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