domingo, 24 de mayo de 2015

Monedas y medidas

Monedas y medidas en España

Por Bernardo Hernández
1. Por lo que hace referencia a las monedas, estas eran distintas en la Corona de Castilla, Navarra o los territorios de la Corona de Aragón. Además, su valor intrínseco y su poder adquisitivo variaron con el tiempo. En general, el sistema castellano se articula en torno a las disposiciones monetarias de 1497, mientras que la Corona de Aragón utilizaba como modelo de cuenta y equivalencia monetaria el sistema europeo de las libras, sueldos y dineros1.
El sistema monetario en Castilla quedará constituido, a grandes rasgos, alrededor de tres tipos básicos de monedas, aunque esta división es únicamente útil a efectos de síntesis. Nos referimos a la moneda de vellón (de bajo, y decreciente, contenido en plata), que quedará ligada a las transacciones de la vida diaria, las monedas de plata de ley elevada y, finalmente, las monedas de oro sólo presentes en operaciones mercantiles de alto nivel.
La reforma monetaria de 1497 (Pragmática de Medina del Campo) introduce en Castilla el modelo del ducado veneciano. El ducado castellano fue una moneda de oro creada por los Reyes Católicos, con un valor de 375 maravedís (11 reales castellanos). En época de Carlos V, el escudo o corona será la moneda que represente el patrón oro, y el ducado quedará relegado a moneda de cuenta. A menudo la nueva unidad se utilizará bajo la forma del doble escudo, doblón o dobla2. El escudo, acuñado desde 1535 se cotizaba en 350 maravedís. Su valoración oficial cambia a lo largo de la época moderna (tiene una paridad de 400 maravedís en 1566 y, desde 1609, de 440 maravedís).
Mientras que el ducado era una moneda áurea casi pura, el escudo es de ley inferior; aunque fundido en oro, sólo alcanza los 22 quilates. Sin embargo, adquirió valor como instrumento de pago a nivel internacional. El escudo era la mejor y más acreditada pieza numismática hispánica de la época, codiciada por el capitalismo cosmopolita que procuraba drenar las existencias peninsulares transportándolas hacia la Europa central y septentrional.
Para la moneda de plata, la unidad introducida en 1497 es el real, equivalente a 34 maravedís. El real de cuenta mantiene esta paridad a lo largo del siglo xvi y sólo experimenta tardíos cambios en 1642 (45 maravedís) y 1686 (64 maravedís)3. La plata se acuñaba en valores sencillos, dobles, cuádruples o de a ocho sin que en el trueque hubiera premio entre ellos. La pieza de ocho reales era el peso o duro. Los pesos ensayados eran los acuñados en las cecas reales americanas: peso era el término indiano del real de a ocho (llamado perulero, si era procedente de la ceca de Lima). Desde finales del siglo xvi, el real de a ocho, el peso, la pieza de plata mexicana de ocho reales, de gran estabilidad y pureza, se convierte en la divisa del sistema de pagos mundial (quedará en el recuerdo la piastra del Sureste asiático).
Al contrario que con los metales preciosos, en que la plata sustituye los altos estratos de volatilidad del oro, la tendencia general de la pequeña moneda es a la baja, con una depreciación galopante. La moneda de cobre de la época de los Reyes Católicos que era la cuarta parte de un real de plata, valía en época de Felipe II solo 32 maravedís y tenía ocho cuartos; su valoración había decaído claramente. La pobreza de Sancho hace que cuente en cornados (forma sincopada de coronado, moneda de vellón de valor exiguo, únicamente una sexta parte del maravedí) y maravedís, equivalentes a numerario de importancia insignificante. El maravedí —que es la base de la moneda de cobre por antonomasia en el siglo xvii, acuñada en piezas de 2, 4, 8— tenía dos múltiplos: el doble maravedí (llamado luego ochavo) y el cuádruple (llamado cuarto); repárese en que, con la imparable devaluación, los cuartos ya están labrados en cobre. Sin embargo, se acuñan en vellón otros divisores del real (el cuartillo, la cuarta parte del real), y luego monedas de mínima estimación. La blanca, también de vellón, era una unidad monetaria establecida en la Pragmática de 1497, y equivalía propiamente a medio maravedí. El cuatrín asimismo era moneda de ínfimo poder adquisitivo. Respecto al ardite, se trata una moneda de vellón labrada en diferentes localidades de Cataluña y los Condados en los siglos xvi y xvii; bajo Felipe III se labran en Barcelona en forma de monedas de cobre puro, equivalentes a un dinero barcelonés.
Con todo, tras establecer unos valores de conversión entre las distintas monedas de la época, lo que nos acerca más a la realidad coetánea es consignar una serie de dinámicas que hacen las veces de dispositivos que actúan sobre el engranaje monetario. Una es la diversidad extrema del circulante fiduciario en la Península que recorre Don Quijote. ¿Cómo, si no, entender los diferentes valores de los sueldos castellanos, aragoneses y catalanes; la presencia de la meaja aragonesa (miaja, la malla catalana: esto es, la mitad del dinero de vellón) o del cruzado de oro portugués. Tampoco parece que sorprendieran a los lectores la mención del numerario norteafricano4, o la alusión al guelte, que es el geld (‘dinero’) alemán. Por supuesto que la explicación rápida es la más socorrida, la desunión administrativa y política de los reinos hispánicos y el cosmopolistismo de las propias finanzas imperiales desde los tiempos del césar Carlos.
Pero de igual modo, hay constantes más estrictamente económicas y menos jurisdiccionales que se deben considerar. Puede postularse, siguiendo la ley de Gresham, que la moneda mala (vellón y cobre) expulsa a la buena (oro y plata) de la circulación. Un gran historiador ha definido el proceso, algo más dramáticamente, como la perfidia de la moneda: los poderosos se hacen con las monedas de oro (escasísimas) y plata, dejando el vellón y luego el cobre para la gente del montón.
Por supuesto, la realidad cotidiana es mucho más compleja. Pero el esquema es útil a grandes rasgos. Del siglo xvi al siglo XVII, se pasa de la moneda de oro a la de plata y de estas, en las décadas iniciales del siglo XVII, a la moneda de vellón. El real de a ocho (plata) es la moneda que caracteriza los reinados de Felipe II y Felipe III; el escudo (oro) había sido la moneda áurea del Emperador; como el todavía más valioso ducado o excelente de la granada lo había sido del reinado de los Reyes Católicos. Pero aunque se produzca la caída hegemónica del oro a la plata, este último metal en tiempos de Felipe II todavía corría por Europa labrado en espléndidas piezas: el ducatón, del Milanesado, llegó a alardear con el nombre de filipo. Y es que la plata americana destinada al rey era labrada en reales de a 8 y 4, mientras que los particulares debían de acuñar moneda menuda.
Con el siglo del Quijote, Castilla naufraga en el «piélago del vellón». Es la época del vellón, y aun de las monedas de cobre puro. El vellón, una liga que había servido secularmente solo para pagar picos de las cuentas, se hace omnipresente. Oro y plata —afinando en el diagnóstico, el torrente de metal precioso que marcha a Europa es fundamentalmente blanco—se atesoran o se conducen al exterior al sistema de clearing de las ferias genovesas, donde se realiza pautada y repetidamente la conversión crucial de los reales en escudos, de la plata en oro y, con el tiempo, del vellón en plata. La moneda de vellón solo inspira inseguridad y desconfianza, es fácilmente falsificable, su valor fiduciario se rebaja progresivamente, se resella, etc.5

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