sábado, 5 de septiembre de 2015

La lluvia en Alicante es una necesidad acuciante. Fotos de Palmeral



    Esta mañana al despertarme a las 7 de la mañana y abrir la ventana de mi dormitorio me encontré con la grata visita de la lluvia, plácida y suave como unas manos ociosas  sobre las terrazas colindante que dan a mi vista tendiendo invisible por la niebla, pero adivinando, los cerros de Foncalent. En la otra parte, en la terraza contemplo la plaza de La Viña con reflejos de los faroles en el  agua dulce y  refrescante. Y cómo se respira en esta apartada galería, donde está mi estudio y mi horas de trabajo y ocio, porque el escribir y el pintar son un placeres sólo compables con el amor.
    Pasada por agua están las casetas de una verbena que hubo la noche del sábado musical, pero hoy es como una dama de plumaje mojado que ha de ir a la peluquería, pero hoy es domingo 6 de septiembre y las peluquerias están con las persianas en rindan candados.
    Y es que en Alicante llueve poco para gozo de turistas y playeros, por el contario, es aciciante qaue llueva, ansiados elementos vitales para los agricultores, para nuestro pantanos secos como las momias de barro, secos como los gerreros chinos de terracota. Por eso cuando llueve me viene al cuerpo una alegría inmensa, una alegría indescrictible que me entra los por ojos, la nariz y el olfato con ese olor peculiar de la tierra mojada y esponjosa, alvero donde los silenciosos y quietos árboles esperan como maná el agua que les dejarán los pies de raíces regadas y húmedas para una postrera primavera florecida. ¡Dios aprieta pero no ahoga!, salvo cuando se cabrean las nubes de los infiernos del cielo.

Ramón Palmeral
Alicante, de de septiembre 2015 

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